El Club Tennis Tarragona lamenta profundamente la muerte de nuestro socio número 10, Francisco González Vélez , una persona muy querida y estrechamente vinculada al Club durante toda su vida.
Francisco ha formado parte de la vida del Club desde hace décadas y su paso por nuestras instalaciones deja una huella imborrable, tanto a nivel deportivo como humano. Su presencia, su carácter cercano y su fidelidad al Club quedarán para siempre en el recuerdo de todos los socios y socias que le conocieron.
Desde el Club queremos transmitir nuestro más sincero pésame a su familia y amigos , y acompañarlos en estos momentos de dolor.
Su hijo, Sergio, nos ha hecho llegar una carta dirigida a todos los socios y socias del Club, que reproducimos íntegramente y sin ninguna modificación a continuación.
«Tarragona 7 abr. 2026
La Taquilla 1365 ha quedado vacía.
Cuando yo era chiquillo mi padre ya era socio del Club. No recuerdo bien pero creo que se lo propuso un compañero suyo de la fábrica Siata donde trabajaba como tapicero de coches. Por cierto mi padre fue quien ideó un sistema de capota para el Spyder que pudiera plegarse sin dejar arrugas.
Recuerdo que jugaba con mi citroen 2 caballos o con el taxi de barcelona de puertas amarillas haciéndoles rodar por el suelo de grava frente a los porches de la entrada mientras futuras promesas como Eduard Osta hijo ya empezaba su carrera deportiva.
Pasé muchas horas jugando en el antiguo frontón donde ahora, cosas de los nuevos tiempos, hay una de las pistas de pádel; sentado en lo alto de las sillas de juez que había en cada una de las pistas principales viendo a mi padre hacer mortíferos drives de derecha y llegar a uno y otro extremo de la pista justo para devolver la bola despertando en parejas y adversarios exclamaciones de asombro y comentarios halagadores al final del partido. O sentado en las verdes sillas de hierro de las que todavía hay alguna en uno de los pasillos de las pistas, vestigio de un pasado.
Disfruté de los baños en la gran piscina donde a modo de ritual alguna familia hacía acopio por las tardes de un buen puñado de hamacas para charlar en un rincón del espacio de césped que lo rodeaba. Donde mi padre disfrutaba después de un partido poniéndose debajo del gran chorro de agua que salía a modo de cascada cayendo sobre sus hombros con toda la piscina para él solo como decía. Con esos bancos ondulados de madera de color blanco con una franja azul en medio y las duchas descubiertas dispuestas en un lateral y el trampolín de dos pisos de hormigón símbolo de otra época.
Recuerdo alguna de las clases hechas en la Escuela de tenis los sábados por la mañana donde íbamos a correr por los alrededores o saltábamos vallas dispuestas en alguno de los pasillos o ensayábamos golpes en el frontón. Recuerdo ir con algún amigo a hacer algún partido donde utilizábamos los oscuros vestuarios que daban en las pistas traseras, éstas ya sin silla de juez. Recuerdo el olor de los pasillos flanqueados de setos de cipreses donde pasaba el tiempo buscando pelotas perdidas entre las ramas, qué suerte si encontraba una amarilla. Recuerdo a los señores de mantenimiento con sus gorros de paja empujar la gran rueda apisonadora y arrastrar la alfombra sobre la tierra para allanarla y rociar la pista con la manga, o el sencillo mostrador donde el conserje apuntaba a bolígrafo el nombre de los solicitantes de pistas por jugar. O las fiestas de noche que en alguna ocasión fui y dónde podías bañarte en la piscina cuando las normas de prevención de riesgos no formaban parte de una vida puede ser más inconsciente pero también más libre.
Desde aquí un recuerdo a los que fueron tus compañeros y compañeras en torneos como Seven o’clock o Los buenos, en las partidas de dominó, y de tantos y tantos socios y socias que conocían a Sisco, a Paco, pero sobre todo a Pancho. Una persona sencilla y apacible que disfrutaba enormemente con su rato bajo la ducha con un buen chorro de agua caliente que poco a poco se había convertido, junto a la bicicleta del ‘nuevo’ gimnasio en un estímulo para seguir viniendo. Gracias también a todo el personal que en estos últimos años ha sabido ser sensible y ver en él sus virtudes por encima de sus defectos.
Papa, por fin ya has entrado en el grupo de los socios honoríficos, lo que tanto ansiabas pero más allá, has entrado en otro grupo, el de los que han permitido que este Club pueda estar donde ahora es y que nuevas generaciones puedan vivir en ese espacio de un oasis en la rueda del tiempo, como otros lo hicieron antes que tú.
Tu hijo Sergio.»